¿De qué hablamos al decir Herodes?
Como los
universales del medioevo, el nombre “Herodes” evoca a tantos individuos que
está muy cerca de legitimar un sub-género dentro de la calamidad humana. Las
tres versiones conocidas de la Epifanía
tienen en Herodes Antipas el antagonista perfecto de la tragedia sagrada. Las
tres registran su nombre: la ortodoxa de Mateo y las apócrifas árabe y armenia.
El Cristo nació
cuando el poder estaba en Roma, el imperio más vasto, prolongado y organizado
que conoció la
Tierra. Macedonia fue hechura de Alejandro y su padre,
Filipo; Persia llegó al cenit comandada por Darío y Ciro; el Imperio Carolingio
agonizó con Carlomagno; el Imperio Napoleónico murió antes que Napoleón; sólo
Roma fue más que los octavios y los doce césares. Roma fue más que los
personalismos y los caprichos de emperadores vituperados, sanguinarios y
licántropos. Roma, como Egipto, endiosó a la casta gobernante pero manteniendo
siempre el contrapoder en un cuerpo colegiado hermético a las megalomanías
humanas de los dioses de carne y hueso. Si el Senado no consentía, Roma no iba
a la guerra. Todos fueron Roma, el emperador también.
Por medio de esta
organización política la ola expansiva nacida en los bordes del Mare Nostrum
creció abarcando la Galia
que nos devolvió el francés, Hispania que me dio la dicha del idioma español,
Lusitania que nació para que Camoens escribiera las maravillosas “Lusíadas”,
Retia, Dalmacia que nos legó el rumano, Tracia, Macedonia y Grecia Magna dentro
del Continente. Más allá la
Britania, Mauritania, Numidia, Cirenaica y Egipto en las
costas africanas. La Siria,
el Ponto, Palestina, Capadoccia, Armenia, Bitinia y Galatia estaban registrados
entre las provincias y estados vasallos de Roma. Quienes no cosecharon lenguas
del romance se integraron a este gran mundo que en 1492 cruzó el Atlántico en
tres naos casi frágiles y siguió brotando en el Nuevo Mundo. Todo este prodigio
de levantar una civilización a partir de los escombros de Grecia y la religión
de Oriente lo mantuvo Roma agregándole el pragmatismo que le faltó a la joven
Iglesia y el equilibrio político que le faltó a Esparta y Atenas. Roma jamás
tuvo un Estado dentro del Imperio que le disputase poder. Los treinta años que
precedieron al nacimiento del Cristo sirvieron a la causa de consolidación del
orden tambaleante por disturbios tras la muerte de Julio César. Hay cierto
paralelismo entre el César y el Cristo: si Plutarco lo trazó entre César y
Alejandro, ¿por qué razón, Alejandro Maciel se abstendría de comparar al Cristo
con César? El Cristo, según lo insinúan los evangelios fue muerto por
determinación de su Padre; César, que ya no tenía padre, murió por orden de su
hijo Marco Junio Bruto en los idus de marzo del año 46 a. de C.
Bruto mandó asesinar
a su padre por temor a un hombre que se había convertido en dios. Sospecho que
la coalición de italianos y judíos crucificó al Cristo que se decía Dios para
demostrar que se trataba de un simple hombre. Al César los conspiradores lo
acusaron de dictador. Al Cristo, la dictadura del sanedrín lo entregó a Roma
como conspirador.
Después del asesinato de Julio César, el César Octavio
continúa el censo y catastro general que había ordenado el finado emperador.
San Lucas menciona este registro en el capítulo 2 de su evangelio como causa
eficiente del nacimiento del Cristo en Belén de Judá. Roma recibía gabelas y
tributos de todos sus dominios recaudados por funcionarios a los que hoy
detestaríamos con la misma fuerza que entonces. Como decía un escritor: “el
Estado no es más que un recaudador de impuestos… excesivos”; todos desconfiamos
de la vehemencia en la aplicación de reglas que nos confiscan bienes a cambio
de males; nadie es íntegramente feliz soportando las decisiones de un equipo de
funcionarios que nos prometen felicidad y nos devuelven impuestos,
prohibiciones, trámites interminables, restricciones de todo tipo y como si
fuera poco nos obligan a opinar masivamente quién es el mejor de una galería de
forajidos cada cuatro años perdiendo una mañana de domingo que bien podríamos
invertir tomando mates y escuchando tangos. El apóstol Mateo era uno de estos
recaudadores impositivos al servicio de Roma en el puerto de Cafarnaum. Judea
fue siempre tierra de conflictos para sus dominadores. Alejandro Magno tuvo la
inteligencia de no interferir con la tradición religiosa aunque impuso la
cultura helenística y es sabido que nada enaltece tanto la moda como parecerse
a los patrones; no faltaron acusaciones de “helenizados” para sirios, judíos o
egipcios. Tal como lo había presagiado en sueños, cuando murió Alejandro en el 323 a. de C. tuvo funerales
sangrientos; sus capitanejos y generales despedazaron el Imperio. Judea tocó en
suertes a los Ptolomeos, amos de Egipto y Alejandría. La reacción inmediata no
se hizo esperar: el viento del desierto rugió en el Templo de Jahveh. (CONTINÚA)
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