LA HISTORIA RETORCIDA DE LOS HERODES from alejandro maciel's blog

¿De qué hablamos al decir Herodes?

Como los universales del medioevo, el nombre “Herodes” evoca a tantos individuos que está muy cerca de legitimar un sub-género dentro de la calamidad humana. Las tres versiones conocidas de la Epifanía[1] tienen en Herodes Antipas el antagonista perfecto de la tragedia sagrada. Las tres registran su nombre: la ortodoxa de Mateo y las apócrifas árabe y armenia.

El Cristo nació cuando el poder estaba en Roma, el imperio más vasto, prolongado y organizado que conoció la Tierra. Macedonia fue hechura de Alejandro y su padre, Filipo; Persia llegó al cenit comandada por Darío y Ciro; el Imperio Carolingio agonizó con Carlomagno; el Imperio Napoleónico murió antes que Napoleón; sólo Roma fue más que los octavios y los doce césares. Roma fue más que los personalismos y los caprichos de emperadores vituperados, sanguinarios y licántropos. Roma, como Egipto, endiosó a la casta gobernante pero manteniendo siempre el contrapoder en un cuerpo colegiado hermético a las megalomanías humanas de los dioses de carne y hueso. Si el Senado no consentía, Roma no iba a la guerra. Todos fueron Roma, el emperador también.

Por medio de esta organización política la ola expansiva nacida en los bordes del Mare Nostrum creció abarcando la Galia que nos devolvió el francés, Hispania que me dio la dicha del idioma español, Lusitania que nació para que Camoens escribiera las maravillosas “Lusíadas”, Retia, Dalmacia que nos legó el rumano, Tracia, Macedonia y Grecia Magna dentro del Continente. Más allá la Britania, Mauritania, Numidia, Cirenaica y Egipto en las costas africanas. La Siria, el Ponto, Palestina, Capadoccia, Armenia, Bitinia y Galatia estaban registrados entre las provincias y estados vasallos de Roma. Quienes no cosecharon lenguas del romance se integraron a este gran mundo que en 1492 cruzó el Atlántico en tres naos casi frágiles y siguió brotando en el Nuevo Mundo. Todo este prodigio de levantar una civilización a partir de los escombros de Grecia y la religión de Oriente lo mantuvo Roma agregándole el pragmatismo que le faltó a la joven Iglesia y el equilibrio político que le faltó a Esparta y Atenas. Roma jamás tuvo un Estado dentro del Imperio que le disputase poder. Los treinta años que precedieron al nacimiento del Cristo sirvieron a la causa de consolidación del orden tambaleante por disturbios tras la muerte de Julio César. Hay cierto paralelismo entre el César y el Cristo: si Plutarco lo trazó entre César y Alejandro, ¿por qué razón, Alejandro Maciel se abstendría de comparar al Cristo con César? El Cristo, según lo insinúan los evangelios fue muerto por determinación de su Padre; César, que ya no tenía padre, murió por orden de su hijo Marco Junio Bruto en los idus de marzo del año 46 a. de C.

Bruto mandó asesinar a su padre por temor a un hombre que se había convertido en dios. Sospecho que la coalición de italianos y judíos crucificó al Cristo que se decía Dios para demostrar que se trataba de un simple hombre. Al César los conspiradores lo acusaron de dictador. Al Cristo, la dictadura del sanedrín lo entregó a Roma como conspirador.

Después del asesinato de Julio César, el César Octavio[2] continúa el censo y catastro general que había ordenado el finado emperador. San Lucas menciona este registro en el capítulo 2 de su evangelio como causa eficiente del nacimiento del Cristo en Belén de Judá. Roma recibía gabelas y tributos de todos sus dominios recaudados por funcionarios a los que hoy detestaríamos con la misma fuerza que entonces. Como decía un escritor: “el Estado no es más que un recaudador de impuestos… excesivos”; todos desconfiamos de la vehemencia en la aplicación de reglas que nos confiscan bienes a cambio de males; nadie es íntegramente feliz soportando las decisiones de un equipo de funcionarios que nos prometen felicidad y nos devuelven impuestos, prohibiciones, trámites interminables, restricciones de todo tipo y como si fuera poco nos obligan a opinar masivamente quién es el mejor de una galería de forajidos cada cuatro años perdiendo una mañana de domingo que bien podríamos invertir tomando mates y escuchando tangos. El apóstol Mateo era uno de estos recaudadores impositivos al servicio de Roma en el puerto de Cafarnaum. Judea fue siempre tierra de conflictos para sus dominadores. Alejandro Magno tuvo la inteligencia de no interferir con la tradición religiosa aunque impuso la cultura helenística y es sabido que nada enaltece tanto la moda como parecerse a los patrones; no faltaron acusaciones de “helenizados” para sirios, judíos o egipcios. Tal como lo había presagiado en sueños, cuando murió Alejandro en el 323 a. de C. tuvo funerales sangrientos; sus capitanejos y generales despedazaron el Imperio. Judea tocó en suertes a los Ptolomeos, amos de Egipto y Alejandría. La reacción inmediata no se hizo esperar: el viento del desierto rugió en el Templo de Jahveh.  (CONTINÚA)

[1] Epifanía significa “manifestación” en griego e incluye las tres manifestaciones del Cristo ante el pueblo: a) la teofanía (durante la adoración de los Magos); b) la de su divinidad al ser bautizado en el Jordán y confirmado por la voz proveniente del cielo: “Éste es mi Hijo bienamado”; c) el de su taumaturgia, durante las bodas de Caná. El episodio infantil fue ganando lugar y hacia el siglo IV la Epifanía se reducía a celebrar la adoración de los Magos.

[2] En el primer apartado se puede leer cómo llega de Octavio a Augusto.



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By alejandro maciel
Added Nov 27 '11, 21:02

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